https://www.clarin.com – El boom de la energía renovable está creando oportunidades económicas en países de todo el mundo. Ahora necesita llegar a los océanos.

La última industria en el mundo que aún necesita una llamada de atención sobre la transición energética es la del transporte marítimo.

Si fuera un país, las emisiones de gases de efecto invernadero del sector marítimo serían comparables a las de Alemania, y el sexto más alto del mundo.

Pero, a diferencia de Alemania, el transporte marítimo permanece fuera del Acuerdo de París sobre el cambio climático, con una probable fuerte trayectoria ascendente de emisiones en las próximas décadas.

Algunas batallas fáciles de ganar están abiertas para nosotros. Hacer públicos los datos de eficiencia de los buques en el mercado podría canalizar la inversión del sector privado en los buques más eficientes, ahorrar varios miles de millones de dólares en costos de combustible cada año y reducir sustancialmente las emisiones del sector.

Los límites de velocidad son otra manera simple para que el sector reduzca sus emisiones y también ahorraría miles de millones de dólares en costos de combustible cada año. Otras opciones de descarbonización, como la tecnología asistida por el viento, podrían reducir el consumo de petróleo de los buques, junto con sus facturas de combustible.

Las baterías están avanzando en recorridos cortos y navegación interior, pero para descarbonizar la flota oceánica necesitamos una inversión masiva en tipos de combustible de baja emisión y cero emisiones como el hidrógeno, el amoníaco y los biocombustibles.

La adopción de estos combustibles requerirá una acción reguladora clara y nuevos mecanismos financieros, especialmente para los mercados de los países en desarrollo.

Cuando una industria gasta más de $ 100 mil millones al año en su factura de combustible, incluso un impuesto del uno por ciento sobre las compras de petróleo podría generar importantes ingresos para la investigación de la propulsión marítima de energía renovable, manteniendo ese dinero dentro del sector. Contar con un fondo considerable disponible para incentivar la innovación en tecnología limpia sería bien recibido por muchos armadores.

También plantea la oportunidad de considerar cómo se podría usar ese fondo si hubiera impactos económicos en los países en desarrollo que requieren una compensación.

También tenemos que trabajar más en ampliar la tecnología del transporte marítimo limpio en los países en desarrollo.

El viento y la energía solar están creciendo a un ritmo tremendo en América Latina. ¿Por qué no utilizar tiempos de exceso de energía para producir hidrógeno para los barcos o recargar baterías para equilibrar la red? ¿Por qué no utilizar la energía hidroeléctrica existente para producir combustibles de amoníaco?

La compañía francesa Engie está considerando dónde invertir en la producción de hidrógeno, entre los lugares donde la electricidad solar es más barata. Dice que en el desierto de Atacama en Chile podría producir hidrógeno a escala industrial.

Brasil tiene una gran ventaja competitiva en biocombustibles, y podría apoyar a sus productores nacionales de etanol en dificultades al expandirse al mercado de combustibles marinos.

Como organizaciones comerciales, las decisiones de las compañías navieras sobre el tipo de combustible tienen que tener sentido financiero. El precio de los combustibles renovables como el hidrógeno dependen en última instancia del costo de la electricidad utilizada para producirlos, y este costo se está desplomando a nivel mundial, especialmente en los mercados latinoamericanos que pueden utilizar su abundancia de energía renovable.

En el transporte marítimo, como en cualquier industria, sería imprudente basar los modelos comerciales en la creencia de que los combustibles fósiles seguirán siendo la opción más barata para siempre. Muchas compañías de carbón han aprendido esta lección de la peor manera, yendo a la quiebra.

Dado que los barcos suelen durar alrededor de 25 años, antes de que tengan que ser desechados, todos los astilleros deben tener en cuenta el cambio climático en la actualidad.

Unidos en nuestra profunda dependencia del comercio marítimo y la exposición a los riesgos climáticos, los países de América Latina deben hablar con una sola voz. Necesitamos mostrar el mismo liderazgo que las Islas Marshall y otras naciones del Pacífico al hablar sobre este tema.

Debemos impulsar el único objetivo alineado con el Acuerdo de París en el transporte marítimo: una reducción del 70% -100% en las emisiones de gases de efecto invernadero del sector para el año 2050.

La única forma de llegar hasta allí es un marco regulatorio global seguro que incentive la descarbonización de la flota.

Este 9 a 13 de abril, en la sede de la Organización Marítima Internacional en Londres, se está celebrando una reunión crucial para establecer una estrategia unificada para el sector naviero mundial para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero.

Insto a todos los líderes de América Latina a que se unan y exijan medidas contra los gases de efecto invernadero, para poner al sector del transporte marítimo en un rumbo sostenible. Cualquier cosa menos y ponemos en peligro el Acuerdo de París, junto con la salud y el sustento de nuestros ciudadanos.

José Manuel Figueres es presidente del Carbon War Room. De 1994 a 1998 fue presidente de Costa Rica.

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